lunes, 29 de junio de 2009

Un momento insignificante

Dicen que los hijos nos envejecen, ya sabéis, por eso de que los segundos que marcan sus relojes, también se marcan en los nuestros (¡quién pudiera pararlos!), así que ellos van creciendo y nosotros vamos embebiendo a su misma velocidad. No voy a negar que mis primeras arrugas han ido de la mano de los primeros dientes de mi hija y que las canas comienzan a asomar mientras la ayudo con sus deberes.

Sin embargo no me siento tan vieja (exceptuando los días en que soy completamente Arbatán y no puedo con mi cuerpo).Ella me transmite una energía impensable en otros tiempos. Me he visto correr tras ella empujando su bicicleta para enseñarla a pedalear, le encanta tirarse encima de mí en la cama y hacer conmigo lo que haría un jugador de rugby en una melé, dejándome aplastada, y si hay que bailar, ahí nos vemos las dos en pijama danzando como locas al son de una salsa, de una rumba o de un cha-cha-chá. Si decide peinarme no hay nada más “chic” que una coleta al lado de mi oreja y como está creciendo tan deprisa, comienzo a “cogerle prestadas” camisetas de osos y muñecos (todavía me resisto a llevar las de Hannah Montana!)

Hace unas tres semanas se quedaron sus primas a dormir.La mayor, dormilona donde las haya, se acostó en la cama de mi hija,y las otras tres se acostaron en mi cama. Una estampa divertida las de estas infantes (infantas y princesas de las de verdad), metidas en la cama, muertas de risa ,con sus historias y conversaciones. Resumiendo, la mami, es decir, yo, al sofá. Bien, había que sacrificarse por ellas, para que estuvieran cómodas y pasaran una noche agradable.

Sin embargo, el plan del sofá me encantó. Tengo que decir a mi favor que es amplio y cómodo, así que jugaba con ventaja. Cuando me instalé, después de que se durmieran, con mi manta, encendí la televisión y me puse a corregir exámenes. Sólo un rato. Enseguida me entró el sopor y los aparté a un lado. Y entre el sueño que comenzó a invadirme recordé tiempos de mi niñez cuando te enviaban a la cama y no había excusas para quedarte en el sofá, lo que te costaba en las noches de invierno levantarte del brasero para ir a la cama o cuando la película estaba en la escena más emocionante ,para nosotros la más subida de tono, (¿os acordáis de esos dos rombos? Intentábamos engañar a mis padres disimulando, distrayéndolos, pero no lo conseguíamos, se daban cuenta en un segundo de esas dos figuras geométricas en la esquina superior derecha de la pantalla) y te decían “A la cama, arriba ya, a dormir”. Y me sentí como la niña pequeña que está desobedeciendo.
Así que comencé a disfrutar de este sofá, de la simple libertad de no tener que subir al dormitorio, de hacer de una forma tonta algo que se me apetecía y que no suelo hacer en la rutina diaria, … ¿cómo se puede disfrutar tanto de un momento tan sencillo, tan a la mano cualquier día, tan insignificante? Era mi sofá, mi sitio, en ese momento, mi alejado remanso. Y tuve de nuevo diecisiete años recordando cuando quedábamos para estudiar las amigas los días de exámenes finales y dormíamos en cualquier sitio, sobre todo en los sofás con los libros olvidados sobre el regazo y lo que sigo disfrutando las noches de invierno ante el fuego de la chimenea,cuando sólo queda el rescoldo y el frío me envía a la cama sin piedad, y el gustazo de una siesta que te sorprende al mediodía despertando en medio de una nebulosa que te ha dejado adherida al cojín del sofá.Hasta que me venció el sueño....

A la mañana siguiente mi cuello no estaba del todo de acuerdo con esta noche de remembranzas juveniles y ,aunque no cambiaría esta noche sofalera, mis cervicales me indicaron exactamente la edad que tenía en mis huesos y músculos.La que tengo en el espíritu es otra que no se corresponde, pero a éste no le dan tirones musculares, sólo tirones del alma.

3 comentarios:

Francisco Belaustegui dijo...

Mira, estaba zambullido en la mitada de tu relato, ya que como sabes a mí la noche me encanta (me sirve de inspiración, me gusta ver una peliculita de vez en cuando en la que se oye solo la tele, fuera del mundanal ruido, repantigarme en el sofá, vamos que parecemos hermanos) y de repente pensé en la escena y me dije... (como un buen amigo nuestro dice) ¡un ron-cola! :)
Es que es lo único que faltaba!
Un beso.

Arbaro dijo...

Po zi amigo Paco, pero para que sea mas semejante a nuestra juventud, que sea de Bacardi, nada de Brugal, ni Havana, ni mariconadas.

Arbatán dijo...

¿Es o no es un gustazo lo del sofá de noche? Pues claro que sí.Y más, com dice Fran,para los noctámbulos

Arbaro: ¡Juventud, juventud?! Anda, viejete que lo que te falta es el vasito de leche caliente antes de la cabezadita en el sofá!!