viernes, 3 de junio de 2011

Hilos de colores

Hoy es un día especial para ella y me ha pedido que escriba esto para ti. Espero que os guste...



“Hoy te he echado de menos, amiga”
Sólo una hilera de palabras ,casi sin sentido, que se asomaban a la pantalla de su teléfono móvil una noche fría de principios de aquel febrero. Lo intuyó. Miente. Lo supo con una claridad pasmosa en ese mismo instante. La sonrisa giocondina que curvaba sus labios tenía que haberla alarmado. Pues no. Ahí estaba sentada en el filo de su cama contestando a su sencillo mensaje con dedos nerviosos y tropezando con las viejas zapatillas que le molestaban entre los pies descalzos. No había podido conectarse ese día. ¡Y la echaste de menos! Tú, su amigo de muchos años, el serio, el distante, el que con una simple mirada reducía su alrededor a cenizas insultadas, aquel al que su soledad le había enganchado a través de un teclado con una vieja amiga, tú la habías echado de menos… ¡ Y se sintió viva después de lentos meses de muerte!

Tras su abandono se convirtió en una Penélope que hilaba de noche un tejido protector con la urdimbre de la soledad y la trama de los recuerdos. Una soledad sonora al oído, palpable al tacto, agria al gusto que se entretejía con recuerdos dulces, lejanos e hirientes que se burlaban de esa marioneta con hilos cortados, desmadejada. Y con este tejido cubrió rendijas de puertas y ventanas para que no se colase el dolor en su alma cansada. Desanduvo caminos enredados para buscar un punto de partida. Con el tiempo se sintió segura en ese recóndito espacio.

“Hoy te he echado de menos, amiga”.

Siete palabras .Sólo siete, tan sencillas y asépticas. Sin ninguna implicación personal. Sin tono sospechoso. Y tan llenas de vida. Lo eran todo. Y las escribiste tú, grabándolas con la tinta del cariño en la pantalla del móvil, en sus ojos, en el aire que respiraba en ese momento. Y penetraron con fuerza en su mente que las envió con un cariñoso saludo a todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo con un mensaje caluroso: “hay que comenzar a deshilar. Hay alguien ahí fuera que te echa de menos, que ha pensado en ti. ¡ A deshilar!

Y comenzó a tirar de los hilos de aquel tejido que la envolvía. Con los primeros tirones llegó el miedo e intentó huir por la única salida, pero ocupabas todo el marco de la puerta con tu mirada, se volvió hacia los ventanales y los abrió, ¡¡uff!!, allí estabas de nuevo abarcando los grandes cristales que daban al sur con tu sonrisa traviesa. Buscó algún otro orificio por el que escabullirse. Esfuerzo vano. Tu cariño iba taponando con tu contacto todas las fisuras que descubría.

Así que agotada y vencida fue cortando y sacando los hilos. La noche del primer beso, volvió a casa y comenzó de nuevo a tejer, pues el miedo le proporcionó la aguja y nuevos ovillos para protegerse. Sin embargo, esta vez los hilos eran sedosos, brillantes, de colores, rojo pasión, verde esperanza, azul tranquilo, malva cariñoso (¡cómo le gustaba éste!), naranja fuerte…¿Dónde estaban los hilos negros de la tristeza?, ¿ y los grises de las dudas?, ¿ y los marrones de la soledad? Y con cada mirada, tejía, con cada caricia, tejía, con cada risa ,tejía, con cada canción que le regalabas ,tejía, con cada llamada de tu ser ,tejía, tejía, tejía…,como una Penélope desquiciada y llena de vida.

Una noche de principios de verano te colaste de lleno por todos los poros de su piel. La sumergiste en una locura imprevista y conociste el mapa de su cuerpo dejando un rastro de saliva tibia y sudor húmedo, como el explorador que va dejando señales para regresar tras su descubrimiento. Con el amanecer abandonó el lecho y extrajo del telar aquel manto de color. Con él os envolvió y bordó con letras doradas en su corazón todos los segundos, minutos y horas de aquella madrugada, para luego extender los metros de tela por su cama, su habitación, las escaleras, las fachadas , hasta llegar al jardín y cubrir las flores, pálidas comparadas con aquel estallido de color. Se volvió a mirarte y comprendió que no había estado esperando el regreso de Ulises. Que desde tu sencillo mensaje en el móvil, te había estado esperando a ti, al hombre que tuvo que hacer una larga travesía para llegar hasta el hogar, el que arribó cuando todos partían, el que le ancló con fuerza el corazón para luego hacerlo volar cada vez más alto, el que la devolvió a la vida por la que ahora se paseaba con una sonrisa permanente.

A ella le gusta escribirte de noche, esperando la última llamada de todos los días. La tuya. Le encanta que la llames, escuchar el timbre de tu sintonía. Sabe que eres tú el que está al otro lado del teléfono, preguntándole qué tal el día, qué ha comido, qué tal en el trabajo, comentando tonterías y anécdotas relatadas por tu locutor preferido en ese canal de la radio, cuando ella, mientras transcurre ese ritual telefónico, lo único que desea y necesita es hacerte llegar tus mismas primeras palabras:

“ Hoy te he echado de menos, amigo”.

1 comentario:

Arbaro dijo...

¡¡¡Que suerte tiene el amigo de ella!!!