martes, 17 de febrero de 2009

TOC

No entiendo esta obsesión, esta necesidad de escribirte de forma compulsiva y maniática, sin mesura. Soy una persona sosegada, tranquila, respiro diariamente sin prisas, sin tormentos interiores, sin bocados que desgarren el alma.

Cada despertar, me tiro del lecho, lavo mis manos, cepillo mis dientes, lavo mis manos, me aseo, peino mi cabello, lavo mis manos, bajo a desayunar, lavo mis manos, y temprano me acomodo ansioso ante la pantalla del ordenador, no sin antes llevar a cabo el ritual del lavado de manos. Mis sucios dedos se acercan al teclado. Rozo las letras, suavemente, sin prisas. ¡Encierra tanto cada letra! Con seis movimientos de mis falanges escribo tu nombre, con otros tantos ese apelativo cariñoso que me encantaba susurrarte al oído. Una locura febril se apodera de mi ser y tecleo, tecleo, tecleo tu nombre, constante en cada renglón, tu nombre que eres tú. ¿Me he lavado las manos? No lo recuerdo. Me dirijo al baño y lo hago.

Regreso al ordenador y sigo escribiendo. ¿De quién es este nombre? Ah! , sí, ya lo recuerdo, tú eres su dueña. Una sonrisa giocondina cruza mi cara. Me pregunto si los nombres guardan la esencia de sus dueños. Me colma tanto tu nombre, lo huelo, lo saboreo.

Llaman a la puerta, lavo mis manos; era el cartero. Correo certificado urgente. No he pagado el recibo de la luz.¡ Qué despiste! Tengo que ir mañana mismo a cancelar la deuda. No me puedo permitir el lujo de que me corten la luz, no podría escribir tu nombre, como lo hago todos los días. Me lavo las manos.

El timbre del teléfono suena. Es mi madre. La pregunta eterna y la eterna respuesta: “anoche cené bien. Sí, tengo comida para hoy”. ¿De dónde habrá sacado esa manía de preguntarme todos los días por mi alimentación? Al despedirnos me dirijo al baño y me lavo las manos. Hoy casi no he tenido tiempo de lavarlas con ese jabón de lavanda que tanto te gustaba oler.

El momento del día en el que más añoro tu presencia es el de la preparación de la comida. El picar el ajo me trae tu imagen mirándome mientras yo cocinaba esas gambas sabrosísimas con regusto a rojo. Escribo tu nombre en una servilleta de papel manchada de café del desayuno que olvidé en un rincón de la encimera. Me lavo las manos. La cebolla me hace llorar y también el recuerdo de esa tortilla de patatas y cebolla que cociné para la celebración del cumpleaños del tío Armando. Tú te comiste el último trozo aquel día. La troceo y sofrío en el aceite. Lavo mis manos. Sólo necesito cien gramos, así que congelo los otros novecientos que he picado inconscientemente mientras intentaba recordar si me he lavado hoy las manos. No importa. Las lágrimas vertidas tras cortar casi un kilo de cebollas son suficiente líquido entre mis dedos. No, cambio de opinión, necesito ir a lavarme las manos. El olor agridulce no se marcha sólo con las lágrimas. Lo mismo le pasa al dolor, no se va sólo con ellas.

Coloco la carne en la bandeja del horno con el sofrito y el vino, ese vino de fragancia azul cuyas gotas que rebosaban paladeabas al tiempo que mostrabas tu pequeña lengua entre los dientes. Mientras se cocina, tengo tiempo de seguir trabajando ante el ordenador. Con anterioridad, me lavo las manos. ¿Por dónde iba? Ah!, sí, tu nombre. Deseo escribirte unas palabras, sí, un poema que me recuerde a ti. Últimamente me encuentro algo mundano y con pérdida de sensibilidad. Me acerco a la cocina para comprobar que he encendido el horno. Lavo mis manos.
Primer verso, segundo verso, no encuentro una palabra adecuada que rime con cuerpo porque deseo que la rima se distribuya enconsonante,¿tormento?, ¿pensamiento? ¿He llegado a encender el horno? Me levanto y lo compruebo. Lavo mis manos.

No, mejor con rima asonante, es más sencillo. Está quedando bien, me satisface el comienzo. Creo que encendí el horno,¿ verdad? Compruebo, me lavo las manos. Me ha visitado la musa. Noto como la inspiración me envuelve, me aprieta, las palabras crecen espontáneamente en el papel, sin esfuerzo. Necesito buscar un verso en el que encajar tu nombre, lleno de fuerza, de armonía, acompasado.

Me llega el aroma del asado. Tengo hambre. Me acerco a la cocina y sirvo en un plato una ración. Comienzo a saborear la carne. Es una sinfonía amarga de sabores, todos distintos y rancios. Observo ensimismado la salsa en el plato. Sin darme cuenta mi dedo índice comienza a trazar las letras de tu nombre en esta salsa espesa. No he logrado introducirlo en el poema ¿Cerré bien la puerta del congelador cuando guardé la cebolla? Compruebo. Me lavo las manos.

Vuelvo mis ojos hacia el poema. Treinta y nueve palabras. Las cuento desde el comienzo hasta el final, una , dos , tres, cuatro….ahora desde su terminación hasta su principio, quince, catorce, trece, doce… del derecho al revés, de derecha a izquierda, lienzo, blanco, el, sobre…los nervios se tensan bajo mi carne, los siento como agujas clavadas en las venas…sigo contando como en una letanía, cada vez más deprisa, sin desmayo...

Son las ocho de la tarde. No soy consciente de cuánto tiempo he pasado susurrando las palabras de ese dichoso poema que al final no me satisface porque no he podido encajar tu nombre. ¡Cómo te echo de menos! Desde que me abandonaste me siento como un pendiente desparejado que ya no se utiliza porque no tiene razón de ser en solitario. Me levanto y lavo mis manos.

Es de noche. Después de deambular por la casa buscando algún rastro tuyo, necesito descansar. Me acuesto temprano. Antes me lavo las manos, esta vez con el gel de mandarina que odiabas cuando te aseaba cada semana. Al recostar mi cabeza sobre la almohada mi último pensamiento es para ti. Miro tu fotografia, esa en la que luces el último collar que te regalé.¡Deseo tanto tu regreso!

Mañana telefonearé de nuevo a la perrera municipal.

2 comentarios:

Arbaro dijo...

Muy bonito relato. ¿Podrias decirno el nombre del autor?

Arbatán dijo...

Todo lo que publico en "Instantes propios" es de mi propia cosecha. Me alegro de que te guste. Un beso