martes, 9 de octubre de 2012

Privilegio


Eran veinte meses los que contaba mi hija cuando la acompañé de mi mano por primera vez al colegio. La jornada era larga, ocho horas, y como es natural, se llevó semanas llorando hasta que se hizo a la costumbre. Más de una vez he tenido que esconderme por los pasillos, cual sombra,  para que no me viese, pues si sucedía, volvía a comenzar la llantina.

De este modo han ido consumiendo su tiempo los cursos, los años, y  en alguna que otra ocasión me he preguntado si el hecho de convivir las dos en el mismo colegio y ejercer yo de profesora en él, la perjudica más que la beneficia. Ella es consciente de que le exijo el máximo de respeto por todos, que no llegue a mis oídos una queja,  si los demás dan el cien, ella tiene que dar el ciento veinte y, a veces, antes de que ella acuda a contármelo, ya me ha llegado una noticia sobre  alguna anécdota del día. Gracias a Dios, es una persona y alumna buena, que no da problemas, cariñosa con todos y no soy ajena a que algo se callarán mis compañeros para hacerle el día a día más parecido al de otros alumnos.

Este curso los cristales de su aula coinciden frente a los de la mía cuando imparto  en bachillerato. Son grandes ventanales que permiten observar perfectamente. En más de una ocasión me he encontrado echándole una visual y observando su espalda, su cabeza doblada cuando escribe, riéndose por alguna broma del profesor o concentrada en su trabajo. Y he pensado en el privilegio, en lo que darían otros padres por poder mirar detenidamente a sus hijos dentro de este espacio desconocido, cómo se comportan, cómo viven, cómo respiran ( más de uno se llevaría una sorpresa con su angelito) , en fin, cómo se mueven  en ese mundo que tan lejos queda para los que no son docentes.

Ayer, un compañero me paró por los pasillos para darme una grata noticia. En su último examen  mi hija había obtenido una calificación muy buena, superando a todos sus compañeros de nivel. La he visto estudiar muchísimo para esa prueba y hasta he caminado con ella para hacer algo de ejercicio y se ha llevado los apuntes para ir repasando y repitiendo los contenidos mientras tanto. Por supuesto, no le comenté nada a ella y la casualidad ha querido que hoy este compañero haya entregado los exámenes para que los alumnos los revisaran mientras yo me encontraba en el aula de enfrente. Y he podido ver sus nervios mientras esperaba que le diesen el suyo, cómo movía la cabeza y preguntaba a unos y otros qué tal y , sobre todo, el momento en el que el profesor le ha tendido el examen y le ha dicho algunas palabras, imagino que felicitándola. ¡Vaya privilegio! Poder ver su reacción nerviosa, su júbilo en ese instante, y, de repente, se ha vuelto como si notase que mis ojos de voyeur  castos  estaban clavados en su espalda y me ha buscado. Ha sonreído y me ha levantado el pulgar a modo de clave.

Qué verdad es que la vida es una sucesión de instantes. Y algunos merecen la pena vivirlos intensamente y grabarlos en la memoria…, o en un blog.

3 comentarios:

Arbaro dijo...

Desde luego es un privilegio poder ver como se comportan nuestros hijos en clase, tú tienes la suerte de poder hacerlo.

Anónimo dijo...

Como siempre tus reflexiones sobre tus seres queridos me tocan el alma, Gracias. Ana
Tienes mucha suerte de tener una hija como Julia y poder ver su día a día tan cerca , me alegro mucho por ti

Anónimo dijo...

Que bonito , me has hecho llorar :)