Yo sí tengo muy claros cuáles son los momentos tuyos que guardaré para siempre. Y todos están relacionados con tu generosidad. Generosidad para prestar tus juguetes y llegar a perder algunos de vista. No te importa, eres incapaz de requerirlos de nuevo. Generosidad en besos y abrazos, esos abrazos antes de dormirte todas las noches, esos besos que me das cuando menos me lo espero, algunos mandados desde lejos con tus labios o tus lindas manitas. Sales corriendo de una habitación y te vuelves a abrazarme o pasas por mi lado cuando estoy en el sofá y, como si se te encendiese una bombilla, ¡plas!, das marcha atrás en tus carreras y juegos para soltarme algún cariño.
Generosidad en los miles de “ te quieros” que me lanzas como dardos, uno al menos diariamente, cuando estás o por teléfono. Y para que no los olvide me has escrito una nota que he pegado con un imán en la puerta del frigorífico en la que se puede leer “ Te quiero más que a misojos”. La semana pasada tomabas tu almuerzo en la cocina. De repente, sin levantar casi la vista del plato y removiendo lentamente la comida con la cuchara me dejaste caer como quien no quiere la cosa: Mamá, tú sabes que te quiero, ¿verdad? ¡Claro que sí! Y yo también a ti, vida mía, te contesté. Como madre me pareció tan dulce que mi niña de diez años me dijese esa frase tan sincera sin venir a cuento que se me derritió el alma como el almíbar.
Hay que ser generosa para todos los días de invierno cuando te llamo, esos días de frío y oscuridad en los que apetece más que nunca envolverse con el edredón cálido y taparse hasta las orejas, levantarte con una sonrisa, nunca una mala cara, nunca has llorado, nunca has protestado, al contrario, abrazos a mami y besos. Abres los ojos y ya sonríes.
Generosidad con compañeros, con profesoras a los que les escribes cartas y haces llorar, con profesores que te echan de menos y que cuando te ven te abrazan con un cariño inmenso. Generosidad para irte de viaje y volver cargada de regalos para todos, sin olvidarte de nadie. Cuando me paro a ver qué te has comprado para ti, compruebo que han sido dos o tres detalles.
Generosidad para intentar no hacer daño, para quedarte a dormir con una prima o una amiga para no molestarla y que no sufra, aunque te salga a última hora un plan que te parece mejor, aprendiendo que los compromisos adquiridos con anterioridad tienen que cumplirse, generosidad para intentar hacerme la cena si me ves muy cansada, aunque termine la tortilla que acabas de cocinar tirada por el suelo, ¿ verdad, tesoro mío?
Y generosidad para tener el valor con sólo seis añitos de secar tus lágrimas aquella noche para que mami dejase de llorar. No lo olvidaré nunca: mami, ya no vamos a llorar más, yo no lloro y tú tampoco. Y secaste tus lágrimas con una valentía tremenda y me las secaste a mí.Sabía que te quería, pero ese día descubrí lo que es amar a alguien desde su dolor y no desde mi egoísmo.
Tú último gesto ocurrió la semana pasada. Dos primos contigo en casa y muchas ganas de tomar un helado tras la comida. Os acercasteis a cogerlos y al ver que quedaban sólo dos comentaste “ no importa, comedlos vosotros, yo no quiero”. ¡Me sentí tan orgullosa de ti, de cómo eres!
Gran lección la que aprendo de ti en muchas ocasiones. Tengo la suerte de haber parido a una niña guapa por dentro y por fuera, dulce, infantil, algo locares, pero, sobre todo, con un corazón enorme que espero que no te haga sufrir mucho en esta vida, y que, por el contrario, te guíe hasta donde él quiera llevarte que seguro que será un lugar maravilloso en el que podrás entregar toda tu bondad, ese lugar de cuentos para un hada de la generosidad, como eres tú.

Siempre un te quiero, mamá.