viernes, 13 de agosto de 2010

jueves, 12 de agosto de 2010

Que me lo expliquen



Hoy entrada breve. Este calor no me da para escribir mucho.
Reflexión:
El Parlamento catalán aprueba la prohibición de las corridas de toros. Alegan el sufrimiento y muerte del animal, aunque todos sabemos que, en realidad, lo que han prohibido es una fiesta nacional porque España molesta. Ante mi perplejidad escucho a la portavoz del grupo de los Verdes, explicando que hay una Ley de defensa de los animales y los toros estaban excluidos de esta ley, y lo que han aprobado es su defensa. Los que me conocen saben que he ido poco a los toros y que el animal me conmueve. Soy más táurica que taurina. Me gusta más el animal que el torero. Su belleza es tremenda y si tienes la suerte de contemplarlo libre en la dehesa, es de lo más hermoso de la fauna animal.

Eso sí, se le olvida decir que sólo han prohibido las corridas de toros, en todas las demás fiestas catalanas que tienen al toro como elemento de diversión, léase los toros ensogados, aquellos a los que les ponen fuego en las astas, etc, esas no se prohíben.

Es decir, que un toro en una plaza, cara a cara con un hombre, pudiendo vencer, luchando por su vida y con dignidad, no, pero con sogas o fuego durante horas, siendo apaleado, empujado, maltratado, sí. Pues va a ser que no lo entiendo. Y encima tienen la desfachatez de explicar que el coste político sería muy alto si prohibiesen estas fiestas de la tierra. Obviamente, al pueblo dale carnaza y tú los votos al bolsillo.

Y hoy escucho en las noticias que hay una sobrepoblación de palomas en Barcelona y que van a recogerlas en jaulas y matarlas con CO2.
Mala suerte las de las palomas. Si hubiesen tenido cuernos y representasen la tradición, la fiesta y la cultura de España…otro gallo les hubiese cantado en tierras catalanas.

sábado, 31 de julio de 2010

Tony Zenet en Santa Catalina

El viernes pasado, de nuevo tuve la oportunidad de asistir a un concierto en el Castillo de Santa Catalina. Es una fortificación cerca de la playa de La Caleta, dando a esa precioso mar de Cádiz. Otro atardecer de caerse la baba y mi admirado Tony Zenet. ¡Qué lujazo!
Zenet actuó con traje de chaqueta, corbata y su sombrero. En la tercera canción era una sopa, el pobre. Tuvo la mala suerte de compartir escenario con un levante en calma. El público estábamos en la gloria, pero él, vestido con dos mangas y con los focos, repetía secándose el sudor con una toalla: “qué suerte he tenido, me ha cogido el cambio de viento”. Sin embargo no se quitó su chaqueta. Estaba actuando y metido en su papel. Es un actor de primera. Con sólo cuatro músicos consiguió embelesarnos en cada canción. La verdad es que con sólo las tres primeras notas de su primera canción ya estábamos todos disfrutando.
Sus letras son sencillas, pero endiabladamente juega con las palabras para hacerte creer que más de una canción se compuso pensando en ti. Os traigo una de las más conocidas, con la que dio comienzo el concierto, consiguiendo que hasta a las murallas del castillo se le erizaran los vellos. Aquí una maravillosa versión junto a Miguel Poveda: ¡tremendos ambos!


lunes, 12 de julio de 2010

Para que no se me olvide

Será que sólo tengo una hija y para mí es lo más importante de este mundo. No descubro nada nuevo a todo el que sea padre o madre. Los hijos son prolongaciones nuestras y sus miedos, sus fracasos y sus dolores los sentimos doblemente, igual que sus éxitos y alegrías nos llenan de orgullo.
Hace unos días tocaba recogida de notas finales de curso. Sus calificaciones han sido muy buenas, buenísimas, y se las merece después de todo un curso de trabajo, con un horario de clases extenso y, a veces, con poco tiempo para llevar todo adelante. Sin embargo no ha sido lo más importante. Ha sido distinguida entre todos los alumnos de su clase y le entregaron una placa por su actitud ejemplar durante este curso: por su compañerismo, por su cariño con profesores y saber estar, por su esfuerzo y sus ganas de trabajar siempre. Como comprenderéis esto es mucho más significativo que sus calificaciones. Ya hablé en una entrada sobre ella (Generosidad, tienes nombre de mujer), pero este premio es la confirmación de que aunque yo, como madre suya, vea sus muchas virtudes, otros también las ven y las reconocen. Y eso me llena de orgullo, nos llena de orgullo a su padre y a mí. No ha tenido la mejor infancia que le hubiéramos podido dar, pero ella ha sido capaz de superar, hasta ahora, lo que parecía insuperable.

Cuando apoyé la cabeza en la almohada por la noche, después de una tarde llena de alegría, pensaba en todo lo bueno que me da. Y llegó este “para que no se me olvide”.
Porque puede que lleguen los tiempos en que discutamos por la ropa, que nuestros gustos no coincidan, quizás riñamos porque sus notas han bajado, porque no le compré la moto que quería, porque sus horarios de salida no me parezcan adecuados y ella luche por quedarse un rato más, porque no me gusten las amistades que la rodean, porque no quiera recoger su habitación o no estemos de acuerdo en ese viaje.

Y llegará, seguro que llegará, y entonces tendré que obligarme a recordar todo lo bueno que me ha dado en estos años, todas sus virtudes, aunque la edad las esconda bajo una lona de indiferencia, sus horas de compañía, aunque la adolescencia la invite a pasar poco tiempo conmigo, sus abrazos y besos, aunque puede que no se acuerde de dar una llamada de teléfono en días, en fin, todo lo que la edad oscura esconderá, me obligaré a recordarlo, minuto tras minuto.

Por eso escribo hoy aquí, para que no se me olvide y pueda compensar esos momentos con todos los buenos y la recuerde siempre como es, aunque la edad adolescente intente presentármela de otra forma, no será ella, ella es la que es: maravillosa.
Así que, para que no se me olvide.

martes, 22 de junio de 2010

Ponte Milvio

Roma es parada soñada para peregrinos y obligada para todo el que habite este planeta. Ciudad bellísima que he tenido la suerte de redescubrir (parece que arrojar la moneda en la Fontana di Trevi con el deseo de volver funciona), aunque esta segunda vez acompañada de cuarenta alumnos de Bachillerato en su viaje final de curso.
Planeando el viaje, muchos de ellos preguntaban si visitaríamos el Ponte Milvio. El interés por este puente radica en un libro, Tengo ganas de ti, cuyo autor, el escritor italiano Federico Moccia, se ha hecho famoso escribiendo novelas dirigidas a adolescentes, y a no tantos adolescentes. La calidad literaria no es que sea de Nobel, es más, en algunos pasajes brilla por su ausencia, sin embargo, los engancha con historias de amor y vida entre jóvenes como ellos con los que se sienten plenamente identificados. He leído un par de títulos (me los pasaron mis alumnos, así les tomo el pulso a sus lecturas) y entiendo que la historia de amor de Step ( macarra, pero de buen corazón), los tenga, sobre todo, “las tenga” tan obsesionados, hasta el punto de que los de 3º cuando terminaban las actividades en clase, sin decirles nada sacaban los libros y se dedicaban a leer casi a hurtadillas ( asombroso!).
Bien, pues los protagonistas del libro sellan un día su amor en este puente, el más antiguo de Roma. Escriben sus iniciales en un candado, que enganchan a un farol del puente y arrojan sus llaves al río Tíber. Y allí me veis, tomando un autobús (para los interesados, el número 2 desde la Piazza del Pópolo) con un mogollón de adolescentes deseando visitar este puente y recorriendo unos cuantos kilómetros.
Fascinante. Me quedé sin palabras. Es increíble como una historia de ficción puede convertirse en realidad. Los jóvenes romanos y los foráneos también han llenado el puente de candados selladores de su amor. Hay cientos de candados por todas partes (el farol no ha soportado el peso de éstos y ya se ha caído dos veces, así que las autoridades decidieron instalar unas cadenas en las paredes del puente para poder seguir colgando candados).
Es imposible estar allí y no sentirte arrastrado por esa lengua de amor y romanticismo que recorre el puente, aunque no seas romántico, aunque no estés enamorado. Mi compañera y yo,¡viejas y pellejas!, allí nos vimos comprando un candado y enganchando sentimientos a esas cadenas del puente, contagiadas por la ilusión de nuestros alumnos que se pasaban los rotuladores y las llaves unos a otros ( por supuesto, hay un señor que los vende allí, el negocio es el negocio).
Ocho y medio de la tarde, un atardecer y una luz de la de postales y la nostalgia de los tuyos aplastándote mientras las entrañas se te retorcían de ausencia. No tiré las dos llaves al río. Ellos sí, todavía creen en el amor eterno. Cerré un candado por decisión propia, sin preguntar y de forma unilateral. Así que me quedé con una llave que ha vuelto conmigo a casa. Esa llave tiene dueños. Algún día si van a la ciudad eterna se la entregaré. Entonces, si así lo desean y sienten, que la arrojen para siempre a las aguas del río Tíber, y si no, que abran el candado y lo quiten, ¡si lo encuentran!


miércoles, 9 de junio de 2010

Caperucita y el lobo machista

De todos es conocida una de las últimas estupideces de nuestra brillante ministra de Igualdad, Bibiana Aído. Flaco favor nos está haciendo al resto de las mujeres de este país y sobre todo a las mujeres rubias. Está bordando el estereotipo. A lo que iba, imprescindible para este país que se reescriban los cuentos tradicionales de toda la vida, porque en ellos la violencia contra la mujer y el machismo es patente.Un sueldo para esto...

Os dejo con la respuesta de mi admirado Arturo Pérez Reverte.

CAPERUCITA Y EL LOBO MACHISTA

Hoy me he levantado con talante. Como después de haber publicado 'El pequeño hoplita' –un cuento sobre un niño en las Termópilas, que tanto debe a su magnífico ilustrador, Fernando Vicente– le tomé el gusto a la narrativa infantil, he decidido echar un cable. Ayudar a que nuestra ministra de Igualdad y Paridad, Bibiana Aído, rubia joya de la corona, haga realidad su bonito proyecto de conseguir que los cuentos tradicionales para pequeños cabroncetes sean desterrados de escuelas y hogares, y dejen de ser un reducto machista, sexista y antifeminista. O que, expurgados y reconvertidos a lo social y políticamente correcto, contribuyan, ellos también, a la formación de futuras generaciones de ciudadanos y ciudadanas ejemplares y ejemplaras. Como está mandado.

Al principio pensaba hacerlo con el cuento de 'Blancanieves y las siete personas de crecimiento inadecuado'; que, como sostiene Bibiana, requiere, título aparte, una remodelación general urgente. Pero ciertos indicios de intolerable violencia machista en la casita del bosque, como que sea una mujer quien cargue con todas las labores del hogar, o que no haya paridad de sexos en el número de individuos que trabajan en la mina –su número impar complica además el asunto–, me decidieron a dejarlo para más adelante. Lo intenté luego con 'La soldadita de plomo y ploma'; y no es por echarme flores, pero lo tenía casi resuelto. Una soldadita de plomo de la ULFF –Unidad Legionaria Femenina Feroz–, terror de los talibanes afganos y de los piratas del Índico, impedida en su extremidad locomotriz por haber caído poco metal en el molde cuando la fundían. O sea, incompleta física de una pierna, para entendernos. O no. Lo que antes se decía, en jerga fascista, coja. Y que, desde su repisa en el cuarto de juegos de una niña, se enamora de un bailarín de ballet de papel maché que está enfrente, puesto tal que así, de puntillas, y que tiene una bonita lentejuela de plata en el prepucio. Se lo leí a mi hija por teléfono, a ver qué tal iba la cosa; pero al llegar a lo de la lentejuela me aconsejó dejarlo. Te van a malinterpretar, dijo. Así que al final me decidí por un clásico inobjetable: 'Caperucita Roja'. Y está feo que lo diga, pero la verdad es que lo he bordado. Creo.

Caperucita Roja camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo. Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil, y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. Que también tienen sus necesidades y sus derechos, córcholis. El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj. Y le pregunta: «¿Dónde vas, Caperucita?». A lo que ella responde, muy desenvuelta: «Donde me sale del mapa del clítoris», y sigue su camino, impasible. «Vaya corte», comenta el lobo, boquiabierto. Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolerable violencia doméstica de género y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista. Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. «Que sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya», le dice. «Qué apéndice nasal tan fuera de lo común.» Etcétera. Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta. Llegan en ésas un cazador y una cazadora, y cuando el cazador va a pegarle al lobo un plomazo de postas del doce, la cazadora contiene a su compañero. «No irás a ejercer la violencia –dice– contra un animal de la biosfera azul. Y además, con plomo contaminante y antiecológico. Es mejor afearle su conducta.» Se la afean, incluido lo de fumar. Malandrín, etcétera. Entonces el lobo, conmovido, ve la luz, se abre la cremallera que, como es sabido, todos los lobos llevan en la tripa, y libera a Caperucita y a su provecta. Todos ríen y se abrazan, felices. Incluido el lobo, que deja el tabaco, se hace antitaurino y funda la oenegé Lobos y Lobas sin Fronteras, subvencionada por el Instituto de la Mujer. Fin.

XLSemanal, 30 de Mayo de 2010

jueves, 3 de junio de 2010

Cierto día

Cierto día decidí vaciarme. Vaciarme para poder llenarme ordenadamente, como esos anuncios de televisión de las tres de la mañana en el que un señor nos enseña una y otra vez un armario desordenado repleto de prendas de colores, aquí una manga morada, allí un cuello de camisa azul, por allá un pañuelo de flores desgastadas, por acá asoma lo que parece un jersey de lana marrón…No importa, tenemos la solución, se vacía el armario, y doblamos las prendas ordenadamente en bolsas de plástico a las que se les extrae el aire del interior, ocupando poco espacio y de este modo tenemos la posibilidad de introducir más prendas en este armario que queda ordenado por colores y con el doble de espacio en su interior.

Así decidí vaciarme. Sacar todo. Desde el fondo. Que no quedase nada dentro. Una vez fuera, sólo era cuestión de ir ordenando, casi haciendo jerarquías. Los defectos a una bolsa transparente grande, ya que son muchos, y al estante de la izquierda, la siniestra, es el lado que menos sigue la mirada; las virtudes, que no son muchas, las pondremos en esta bolsa, pequeña, y la colocaremos en el estante de en medio, porque ahí es donde dicen que debe estar la virtud; los deseos los pondré en esta bolsa de flores de colores, arriba, a la altura de los ojos, que no los pierda de vista, así no podré olvidarlos; los miedos en esa bolsa minúscula, la oscura, irá al cajón inferior, ese que está desvencijado por los años y me cuesta abrir, así no los veré durante mucho tiempo…

Y así comencé a extraer todo mi interior, a derramarme por el suelo de la habitación, a fragmentarme en pedazos que ocupaban, paradójicamente, espacios irregulares en mi mundo exterior. El deseo de correr aventuras me pareció más grande de lo normal, el miedo a la enfermedad y a la pérdida, un gigante amenazador, el esfuerzo y la constancia no me parecieron tan enormes, la añoranza ocupaba media cama vacía, el odio negro me resultó más claro, la verdad clara, más gris, los ratos de alegría que me había dado la vida los tendría que recoger y reunirlos todos en una caja dorada que depositaría en un lugar agradable y perfumado, los ratos de tristeza, afortunadamente no eran muchos, pero sí pesados, no podrían ir a ningún estante principal, tendrían que ir al altillo, la envidia, que pensé minúscula, ocupaba más espacio del deseado, afortunadamente también la generosidad, aunque extrañamente estaba muy cerca del egoísmo… y pasé días mirando hacia todos los rincones de mi habitación buscando defectos, virtudes, deseos, anhelos, miedos, fracasos, y meditando, ahora que yo estaba vacía, que no me quedaba ni el aire, que mi interior era la nada, cómo ordenar todo mi caos interior, para llenarme de nuevo.

Tras más tiempo del que pensaba fui introduciendo todo en bolsas transparentes, de rayas, de flores, de cuadros, algunas oscuras, otras brillantes y les extraje el aire. Así quedaron los defectos apretados y parecían menos, las virtudes aplastadas y también parecían menos, ocupando más espacio la humildad, a la bolsa de los deseos me costó sacarle el aire, pero lo conseguí, y quedaron menguados, reducidos, aplastados, así era más fácil que los latidos del corazón marcaran un ritmo más monótono, los miedos no dejaban cerrar la cremallera y me obligaron a utilizar dos bolsas: una la rotulé con el nombre de “ los miedos conscientes” y la otra con “ los miedos inconscientes”, estos últimos son los peores y los que pueden aflorar cuando menos lo esperas y desordenar el estante superior.

Y lo conseguí. Cada bolsa ocupó su estante y su cajón. Orden completo. Tranquilidad interior. Equilibrio. Bienestar.

Aunque nunca he sido ordenada, lo conseguí durante mucho tiempo.

Hasta que llegaron tus ojos. Y lo supe. Y el saberlo no me preocupaba, pues me enseñaron que el saber no ocupa lugar, pero, ¿el amor? ¿No era eso que decían que lo ocupaba todo? Y ahora, ¿dónde lo metía? ¿En qué estante? ¿En cuál cajón? No tenía bolsa para él, ni espacio, ni lugar.
Y sin darme apenas cuenta, apretando los deseos, escondiendo de la vista los miedos, aplastando los fracasos, y toqueteando por aquí y por allá, cupieron, tus ojos cupieron en ese armario en el que todo volvió a quedar patas arriba, más desordenado que nunca.

Para Gonzalo.
Que pases muchos días más… en ese armario tan desordenado.